¿Padres o amigos de nuestros hijos?

Existen muchos criterios sobre cómo debe ser la relación de los padres con sus hijos. Una de las preguntas más comunes es si debemos ser padres o amigos de nuestros hijos. Es muy común escuchar a personas de diferentes profesiones, edades y culturas decir que los padres deben ser amigos de sus hijos.

Y entiendo por qué muchas personas piensan así.

La idea nace, muchas veces, del deseo de tener una relación cercana con los hijos. De que exista confianza. De que ellos puedan contarnos lo que les pasa. De que no nos vean como personas lejanas, duras o incapaces de entenderlos.

También se dice que si nos mostramos como amigos, nuestros hijos nos contarán todo, no tendrán secretos y se sentirán más libres para hablar con nosotros.

Eso suena bonito.

Pero aquí es donde tenemos que detenernos un momento.

Porque una cosa es tener una relación cercana, amorosa y de confianza con nuestros hijos, y otra muy diferente es ponernos en el mismo lugar que ellos.

La amistad es una relación entre iguales. En una amistad nadie tiene la responsabilidad de guiar, educar, sostener límites o tomar decisiones pensando en la formación del otro.

Pero los padres sí tenemos esa responsabilidad.

Por eso, aunque esta idea de ser amigos de nuestros hijos puede parecer cómoda y hasta moderna, también puede traer mucha confusión si no tenemos claro cuál es nuestro lugar.

Porque cuando en la familia nadie guía, nadie sostiene y nadie marca dirección, no hay verdadera libertad: hay desorden.

Y los hijos, aunque muchas veces protesten los límites, también necesitan saber que hay un adulto presente, firme y amoroso que puede acompañarlos en el camino.

Ni amigos sin límites, ni autoridad sin amor

Ahora bien, también existe la otra postura: la de quienes piensan que la relación entre padres e hijos debe ser completamente estricta, donde los padres siempre tienen la razón, los hijos obedecen y no hay mucho espacio para opinar.

Y eso tampoco me parece sano.

Porque si nos vamos a ese extremo, podemos caer en una crianza fría, autoritaria y distante, donde se pierde el papel del amor, del respeto y de la comunicación.

Criar no es mandar por mandar.
Criar no es imponer miedo.
Criar no es creer que, por ser padres, siempre tenemos la verdad absoluta.

Por eso, más que defender una teoría o la otra, creo que necesitamos mirar este tema con equilibrio.

No se trata de ser amigos de nuestros hijos como si estuviéramos en el mismo lugar.

Pero tampoco se trata de convertirnos en figuras duras, inaccesibles o incapaces de escuchar.

Para entenderlo mejor, primero tenemos que mirar qué significa realmente la amistad.

La amistad es una relación afectiva que se construye desde la confianza, el respeto, la lealtad, la sinceridad, la complicidad y el apoyo mutuo.

Y muchas de esas cosas sí deben estar presentes en la relación con nuestros hijos.

Debe haber respeto.
Debe haber confianza.
Debe haber amor.
Debe haber escucha.
Debe haber apoyo.

Pero hay algo importante: en la amistad, las personas están en un plano de igualdad. Ninguno tiene autoridad sobre el otro.

En la crianza no ocurre lo mismo.

Los padres tenemos una responsabilidad que los amigos no tienen: guiar, proteger, educar, poner límites y acompañar el desarrollo de nuestros hijos.

Y eso no significa que amemos menos.
Al contrario.

Significa que entendemos que nuestros hijos necesitan cercanía, pero también dirección. Necesitan sentirse escuchados, pero también necesitan límites. Necesitan amor, pero también necesitan adultos que no tengan miedo de ocupar su lugar.

Padres abrazando a su hijo como muestra de amor, protección y vínculo familiar

La relación entre padres e hijos no es de igual a igual

Partiendo de lo que es la amistad, está más que claro por qué los padres no pueden ser amigos de sus hijos, porque si lo fueran no estarían cumpliendo con su papel y rol de padres.

Por ejemplo, los padres nunca pueden tener con sus hijos una relación de igualdad, porque existe una jerarquía que es inviolable. Los padres son los que deben dirigir y guiar la vida de sus hijos.

Son los que deben establecer las normas y hacer que se cumplan y ya esto los deja sin igualitarismo. 

Los padres son los guardianes del bienestar, la seguridad y el crecimiento de sus hijos y esto les da un nivel de responsabilidad donde no cabe la relación de igual a igual.

Por ejemplo, no vas a permitir que tu hijo se acueste a las 3:00 de la madrugada viendo la tele porque sabes que debe dormir, que debe tener un horario para ver la tele aún cuando no tenga escuela al otro dia. Tampoco vas a permitir que tu niño coma galletas todo el dia, o que salga sin zapatos a la escuela, o que se suba en la ventana. La misión de los padres es de protección, de guia y esto nada tiene que ver con una relación de amistad.

Esto a un amigo no se lo dices. . . no le pones reglas porque en una relación de igual todos hacen por igual y deshacen también. . . porque ahí vamos a otra característica que no puede cumplir la relación padres-hijos, y me refiero a la complicidad.

Lo amigos son los mayores cómplices de la vida, y si ahora los que me leen recuerdan alguna etapa de sus vidas en la que hicieron algo no muy bueno, recuerden quienes fueron sus cómplices: los amigos. Son ellos los que nos tapan aquellas escapadas de casa, o aquella relación temprana que los padres no sabían, o aquel dia en que probamos una cerveza aún sin la edad para hacerlo. . . y así para qué vamos a seguir si cada uno de nosotros tendrá una experiencia que contar.

Con los padres no se puede tener esa complicidad, porque los padres son quienes ponen las reglas y cuando se violan las reglas hay consecuencias que son ellos los que las hacen cumplir. Y es que así es como educamos a los hijos. Es que los padres ya sabemos que la vida tiene muchos recovecos donde se pueden perder los niños y no queremos ni debemos permitir eso.

La intimidad también necesita límites

Otro punto importante es la intimidad.

En una amistad, muchas veces se cuentan cosas muy personales. Un amigo puede conocer detalles de nuestra vida, de nuestras relaciones, de nuestros errores o de experiencias que hemos vivido.

Pero con los hijos debemos tener mucho cuidado.

Que nuestros hijos nos tengan confianza no significa que tengamos que contarles todo sobre nuestra vida personal, nuestra relación de pareja, nuestras heridas o nuestra intimidad.

Los hijos no son nuestros confidentes.
No son nuestros terapeutas.
No son el lugar donde debemos descargar todo lo que no sabemos manejar como adultos.

Podemos hablar con ellos de temas importantes, por supuesto. Debemos hablar de emociones, de relaciones, de respeto, de sexualidad, de límites y de cuidado personal.

Pero una cosa es educar y otra cosa es confesarnos.

Por ejemplo, para hablar de sexualidad con un hijo no necesitamos contarle detalles de nuestra vida sexual. Lo que necesita es orientación, información clara, valores, respeto por su cuerpo y herramientas para tomar mejores decisiones.

Hay que hablar de sexualidad sin vergüenza, sin prejuicios y sin miedo, porque si nosotros no abrimos esa puerta, muchas veces la información les llegará por otros caminos que no siempre son los más seguros.

Pero debemos hacerlo desde nuestra posición de padres.

No estamos hablando para desahogarnos.
No estamos hablando para buscar aprobación.
No estamos hablando para que nuestros hijos carguen con nuestra historia.

Estamos hablando para orientar, para acompañar y para dejarles una puerta abierta.

Que sepan que pueden venir a nosotros cuando tengan dudas.
Que sepan que pueden hablar sin miedo.
Que sepan que no serán humillados ni juzgados.
Que sepan que en casa pueden encontrar abrigo emocional y ayuda para resolver conflictos.

Esa es la diferencia.

No se trata de esconder la vida ni de fingir que los temas difíciles no existen. Se trata de saber desde qué lugar hablamos.

Porque cuando hablamos con nuestros hijos, no nos estamos confesando con ellos.

Les estamos alumbrando el camino.

No es correcto pensar que, para que nuestros hijos nos tengan confianza, tenemos que contarles todo o hablarles sin ningún tipo de límite.

La confianza no se gana convirtiendo a los hijos en confidentes.

La confianza se gana de otra manera: con amor, con respeto, con escucha y dejándoles saber que siempre podrán acudir a nosotros.

Que pueden hablar.
Que pueden preguntar.
Que pueden equivocarse y volver.
Que pueden encontrar en casa una palabra que oriente y unos brazos que sostengan.

Por otro lado, tampoco se trata de criar desde el autoritarismo.

Una relación basada en el miedo, en la imposición o en el “porque yo lo digo” no es una relación sana para la crianza. Los hijos necesitan límites, sí, pero también necesitan sentirse escuchados, respetados y tomados en cuenta según su edad.

Los padres hemos vivido más, tenemos más experiencia y tenemos la responsabilidad de mirar más allá del momento. Por eso muchas veces tomamos decisiones que nuestros hijos no entienden en ese instante.

Y eso está bien.

No porque siempre tengamos la razón absoluta, sino porque nuestro papel es proteger, orientar y acompañar.

A veces nuestros hijos entenderán el límite en el momento.
Otras veces lo entenderán mucho después.

Pero si ese límite nace del amor, del cuidado y de la responsabilidad, entonces también está educando.

Amor, respeto y límites: las tres cosas pueden vivir juntas

La relación entre padres e hijos debe basarse siempre en el amor y el respeto mutuo.

A los niños hay que escucharlos.
Hay que tomar en cuenta lo que piensan.
Hay que permitirles expresar lo que sienten.
Hay que darles espacio para opinar, preguntar y participar según su edad.

Pero escuchar a un hijo no significa hacer siempre lo que él quiere.

No significa que todas las decisiones las tome el niño.
No significa que si algo no le gusta, entonces dejamos de hacerlo.
No significa que porque pueda opinar, siempre pueda cambiar la decisión final.

Los hijos pueden opinar, pero los padres son quienes tienen la responsabilidad de decidir cuando se trata de su bienestar, su seguridad y su desarrollo.

Y esto también va cambiando con el tiempo.

Cuando son pequeños, muchas decisiones las tomamos nosotros porque todavía no tienen la madurez para entender todas las consecuencias.

A medida que crecen, hay cosas en las que podemos ceder, negociar y permitir que ellos decidan. Eso también es parte de educar: enseñarles poco a poco a tomar decisiones, a asumir responsabilidades y a entender que la libertad también necesita límites.

Pero siempre debe haber un criterio claro: no podemos ceder en aquello que afecte su salud, su seguridad, su desarrollo emocional o sus valores.

A muchas personas les cuesta reconocer que la relación entre padres e hijos no es una relación de igual a igual. A veces piensan que hablar de autoridad es hablar de dureza, de imposición o de falta de amor.

Pero no tiene que ser así.

La autoridad sana no aplasta.
La autoridad sana guía.

La autoridad sana no le quita voz al niño.
Le enseña a usar esa voz con respeto, con responsabilidad y con conciencia.

Por eso, la relación con nuestros hijos sí debe tener autoridad, límites y normas. Pero también debe tener amor, ternura, escucha y respeto.

Ahí está el equilibrio.

No somos amigos de nuestros hijos, pero tampoco somos sus enemigos.

Somos sus padres.

Y ese lugar, cuando se ocupa con amor, puede ser uno de los lugares más importantes y seguros en la vida de un hijo.

Madre conversando con su hija sobre confianza, amor y límites en la crianza

Somos padres, no amigos

Somos padres e hijos, no amigos o amigas.

Es usual escuchar a algunos padres decir: “Mi hija y yo somos mejores amigas” o “mi hijo y yo somos como amigos”.

Y entiendo lo que quieren decir.

Muchas veces lo dicen porque tienen una buena relación, porque conversan, porque hay confianza, porque disfrutan estar juntos o porque sienten que sus hijos pueden contar con ellos.

Eso es hermoso.

Pero tener una buena relación con un hijo no significa que sean amigos.

Significa que hay vínculo.
Significa que hay cercanía.
Significa que hay amor.
Significa que hay confianza.

Pero el lugar sigue siendo otro.

Ser padres es una tarea hermosa, pero también complicada. No se trata de ser estrictamente duros, ni tampoco de llegar al extremo de ser permisivos.

Cada edad trae nuevos retos, y por eso también debemos revisar la manera en que educamos.

No se educa igual a un niño pequeño que a un adolescente.
No se acompaña igual a un hijo de 5 años que a uno de 16.
No se toman las mismas decisiones cuando están aprendiendo a obedecer una norma que cuando ya están aprendiendo a tomar sus propias decisiones.

La crianza también nos pide crecer a nosotros.

Como padres nos toca educar, acompañar y marcar con nuestra conducta una línea clara. Nuestros hijos deben saber que pueden acercarse a nosotros, pero también deben saber que hay límites que no se cruzan.

Somos nosotros quienes debemos aprender en qué momento se puede ceder y en cuál se debe sostener una norma.

A veces toca escuchar.
A veces toca negociar.
A veces toca explicar.
Y a veces toca decir no, aunque no les guste.

Somos como esos timoneles que van guiando el barco. Si soltamos el timón demasiado pronto, el barco puede quedar a la deriva. Pero si apretamos demasiado fuerte, tampoco dejamos que nuestros hijos aprendan a navegar.

Ahí está el equilibrio.

No podemos esperar que nuestros hijos siempre estén felices y complacidos con nuestras decisiones. No siempre será fácil establecer una regla sin que ellos se enojen, protesten o digan que somos injustos.

Pero ahí es donde debemos recordar que nuestra misión no es complacer siempre.

Nuestra misión es educar.

Los padres no somos, ni debemos ser, los tiranos de nuestros hijos. No debemos llevar una relación totalmente vertical donde nosotros mandamos y ellos solo obedecen sin poder hablar.

Pero tampoco somos sus cómplices, ni ellos son nuestros confidentes.

No es una relación donde nadie está al mando.
No es una relación donde todo se decide por igual.
No es una relación donde el hijo carga con lo que le corresponde al adulto.

No debe ser tan vertical que aplaste.
Ni tan horizontal que confunda.

Debe ser una relación con amor, respeto, límites y presencia.

Por eso, los padres no somos los amigos de nuestros hijos.

Somos algo distinto.

Somos guía.
Somos refugio.
Somos sostén.
Somos presencia.
Somos esa voz que a veces consuela y otras veces corrige.

Y cuando ocupamos ese lugar con amor, no necesitamos llamarnos amigos para tener una relación profunda con nuestros hijos.

Si comparamos la relación entre padres e hijos con una amistad, podemos terminar quitándole profundidad a un vínculo que tiene otro peso, otra responsabilidad y otro significado.

Los amigos son importantes.
Los amigos acompañan.
Los amigos escuchan.
Los amigos pueden ser una gran bendición en muchas etapas de la vida.

Pero el lugar de una madre o de un padre es distinto.

No se trata de competir con los amigos de nuestros hijos.
No se trata de decir que un vínculo vale más que otro.
Se trata de entender que no ocupamos el mismo lugar.

Madre abrazando a su hijo como símbolo de confianza, amor y límites en la crianza

Yo no soy la amiga de mis hijos.

Soy mucho más que eso: soy su madre.

Y eso significa que tengo una misión en sus vidas. Una misión que no siempre será fácil, porque no siempre estaremos de acuerdo, no siempre ellos estarán felices con mis decisiones, ni yo estaré feliz con algunas de sus acciones.

Pero el amor no depende de estar de acuerdo en todo.

El amor también se sostiene cuando hay diferencias.
El amor también educa cuando pone límites.
El amor también acompaña cuando corrige.
El amor también se queda cuando toca conversar, reparar y volver a empezar.

Tengo una relación hermosa con mis hijos, pero cada uno ocupa su lugar. Ellos son mis hijos y yo soy su madre. Y eso no nos aleja; al contrario, cuando se vive con respeto, puede acercarnos de una manera más profunda.

Ni soy su amiga, ni ellos son mis amigos.

Tenemos una relación más real, más honda y más importante para nuestra historia familiar.

Una relación que se construye cada día con amor, presencia, límites, errores, aprendizajes y abrazos.

Porque ser padres no es ser menos cercanos.

Es amar desde un lugar que guía, sostiene y acompaña.

Les mando un abrazo.

Firma de Giselle Jiménez
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Giselle Jiménez de Experiencias de la Vida

Soy Giselle Jiménez

Sobre mí

Soy pedagoga, coach familiar y autora. Comparto herramientas prácticas sobre crianza, educación y bienestar emocional para acompañarte en el camino de ser madre o padre.

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Comentarios

Esta entrada tiene 3 comentarios

  1. jaime

    buen DÍA, excelente post, las claras diferencias entre una cosa y otra y el equilibrio entre ellas esta muy bien marcadas, saludos.

    1. Giselle

      Muchisimas gracias por la visita y el comentario.
      Saludos ,
      Giselle

  2. keren

    Hola,
    Interesante, la barrera de hablar de lo intimo siempre me he preguntado si era que otras personas sí lo tenían con sus padres. Eso me hacia pensar en esa relación que ni tan amigos ni tan padres. Pero creo que acierta y argumenta bien sus palabras para darse cuenta de lo que quieres decir, una relación demasiado intima da rienda suelta a que hagan lo que quieran sin limites, (Demasiado permisivo) y de vez en cuando hay que dar el mazazo encima de mesa para dar la autoridad. Entiendo, pero ser padres, no es tarea fácil.

    Un saludo y muy interesante.

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